Sí, me había enamorado una vez de los piolines que movían la circunferencia en la que me subía a surfear las olas de un mar dulce. Y tan enamorado estaba, que de las manos me salieron tantas ganas de tenerla por tenerla, acariciarla por acariciarla y mis dedos se volvieron enredaderas. Enredaderas que enredaban ilusiones falsas que en primavera daban flores amarillas sin sabor ni olor. Flores de mentira. Flores de juguete, de plástico como el cuerpo de los carros de juguete con las que jugaba a ser piloto de nascar y que después rodaban por la habitación. De eso me enamoraba cuando quería querer, de unas ganas imposibles sin concretar, de algo falso que se inventaba tan perfecto en mi cabeza. En mi cabeza enamoradiza con antojos propios de mi edad, con sueños por atrapar. Con una lista de ilusiones que quizás no me anime nunca a hacerlas realidad, todo por miedo a fracasar.

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