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Mostrando las entradas de agosto, 2017
Voy a conquistarte la espalda con una bandera de pera y fumarte en la cara los pensamientos más verdes. Voy a saltar a la circunferencia de tu cuello, a la curva de tu oreja derecha y a la idea más densa de tu querer estar conmigo y a tu voz diciéndolo. Diciéndolo. Diciendo te quiero. Voy a tatuar en tu hombro con tinta de mis lunares los cinco dedos de mi mano izquierda y enroscarme en tu pelo para meterme por tu nariz, bajar por tu columna y quedarme atado con unas ligas a  dos de tus costillas y a una de tus rodillas. Voy a jugar con la sombra de tus piernas y hacerte cosquillas en los dedos de los pies. Y voy a calcular todas nuestras probabilidades de todo lo que somos para que la única posibilidad de este querer estar conmigo sea indefinido. Indefinido. Que mi te quiero no tiene límite señalado o conocido.
Sí, me había enamorado una vez de los piolines que movían la circunferencia en la que me subía a surfear las olas de un mar dulce. Y tan enamorado estaba, que de las manos me salieron tantas ganas de tenerla por tenerla, acariciarla por acariciarla y mis dedos se volvieron enredaderas. Enredaderas que enredaban ilusiones falsas que en primavera daban flores amarillas sin sabor ni olor. Flores de mentira. Flores de juguete, de plástico como el cuerpo de los carros de juguete con las q ue jugaba a ser piloto de nascar y que después rodaban por la habitación. De eso me enamoraba cuando quería querer, de unas ganas imposibles sin concretar, de algo falso que se inventaba tan perfecto en mi cabeza. En mi cabeza enamoradiza con antojos propios de mi edad, con sueños por atrapar. Con una lista de ilusiones que quizás no me anime nunca a hacerlas realidad, todo por miedo a fracasar.